Baltasar Beferull Cardona (1610-1699)

El venerable Baltasar Beferull Cardona nació en Alginet el 15 de Agosto del año 1910, siete años antes que el Arzobispo José J.S Sanchis Espert. Se creé que en su nacimiento tuvo lugar en una de las pocas casas que entonces habría en la calle, siglos más tardes, a principios del XX, le dedicó el Ayuntamiento, y que aún lleva su nombre.

Sus padres eran labradores, aquellos que con tenacidad y sacrificio contribuyeron a transformar el arado que entonces serian las tierras de nuestro termino. Como que los labradores eran los padres, labrador tenia que ser, igualmente, el hijo. Por tanto hemos de suponer que su instrucción sera bastante elemental, rudimentaria, donados los pocos recursos con los que contaba en el mundo rural de aquella época. Pero otras eran las cualidades de Baltasar: bondad, dulzor, carácter tranquilo, inteligencia espabilada, firmeza de resolución y un alma iluminada y embutida de religiosidad.

Era, por impulso natural, asiduo concurrente a los actos de la Iglesia y en la misa encontraba consuelo, paz interior, fuerza purificadora, la cuál cosa era su único tesoro.

Iniciada la juventud, cuando ya contaba con 18 años, se impresionó durante la celebración de una Cuaresma por la rígida constancia del ayuno y la abstención completa de carnes y bebidas en los Jueves y Viernes Santos, según la antigua costumbre. Entonces, impulsado por su fe, celo religioso e impulso de voluntad, resolvió, sin espera, abandonar el mundo en el que había vivido y sus bienes materiales.

De otra manera, la época era propicia de creencias fanáticas, leyendas e historias fabulosas, todo junto con malvadas supersticiones. Una de las creencias que por aquellos días tenia gran arraigo en el Reino de Valencia que lo era entonces y perduró hasta el reinado de Felipe V, fue la de los Poderes milagrosos de la Cueva Santa, Santuario ubicado en el Valle del Palancia, provincia de Castellón, en los dominios del señorito de Segorbe y Altura, que se había convertido en un lugar de peregrinaje muy popular por todo alrededor del Reino. Allí llegaban los peregrinos de los más apartados rincones para ver la imagen encontrada en el año 1503: La de la Madre de Dios del Lledó o del Lledoner.

Dicha Cueva Santa era un sima abierto en la cima de una de las montañas de la Sierra de la Calderona, prolongación de la Aragonesa de Javalambre, en la cual se descendía por una escalera amplia hasta una profundidad de cien metros. Donde más tarde, el 1695, se erigió un altar de líneas barrocas, en que se va venerar la singular imagen de la Madre de Dios, que no era sino un medallón de tiza, con la efigie en bajo relieve, cerrada en rico reliquiario.

Además, era fama que las aguas que desprenden constantemente las rocas de la caverna eran un remedio milagroso para la cura de enfermedades.

La noticia de la fama de la Cueva Santa, y de sus milagros, llegaron a oídos de Baltasar Beferull en el momento crucial del libramiento de su espíritu en la entrega participación en los ejercicios y misterios de aquella Cuaresma, para él decisiva, ya que, como hemos dicho antes, resolvió dejar el mundo y sus riquezas. De tal manera que sin que el amor de sus padres y su familia fuera obstáculo, ni comunicarles su dedicación – abandono el puedo de Alginet t se dirigió como peregrino a la Afamada Cueva Santa, donde se asentó la existencia e historia no menos famosa Real Cenobi de la Cartuja del Valle de Cristo, ubicado en el término de Altura. Allí se dirigió Beferull nuestro iluminado como un rayo atraído por un imán.

A la Cartuja del Valle de Cristo, Baltasar Beferull fue recibido y admitida la aportación de todo aquello que llevaba con él. Hecho que nos inducen a suponer que alguna cosa superior vieron en él el priori los monjes.

De esta recepción fueron notificados los padres que, consternados de momento y sorprendidos, se presentaron a la Ceremonia con la intención de hacer desistir su hijo Beferull de sus propósitos y llevárselo con ellos a casa. Pero cual seria la impresión que tuvieron en verle tan transformado, y con un habla penetrante, extraño, que ellos mismos se decían: «Si parece del Cielo, no es nuestro».

De tal manera que persuadidos por esta apreciación intima, y sintiendo un goce interior que no sabían lo que les pasaba, pero tristes y molestos por su afecto paternal, volvieron a su hogar de Alginet convencidos que habían perdido para el mundo a este hijo elegido.

Digamos ahora alguna cosa sobre la Cartuja del Valle de Cristo, para complementar y dar mejor entendimiento del escenario  de los hechos de nuestra historia.

El Infante Martín de Aragón, hijo del Rey Pedro IV, primer conde de Jérica y señor de Segorbe, por su matrimonio con la Señora María de Luna quien después seria conocido en la historia como el Rey de la Corona de Aragón, con el nombre de Martín Humano, quiso tener en sus dominios una Cartuja, en la imitación de la primera que hubo en Tarragona con el nombre de Scala Dei. Con esta finalidad se buscó su emplazamiento en el Valle dicha del Palancia, que le recordaba la de Josafat. Como así lo refiere la tradición.

En 1385 comenzó a construirse Cenobi que había de llevar el nombre de Valle de Cristo, donandolo en rentas y alzándolo con generosidad regia con puro gótico de la época.

La iglesia se consagrará en 1401, siendo Martín ya rey de la Corona de Aragón, y la acabaron de adornar en 1549. Iglesia que por su grandeza y dignidad devino una de las más bellas del Reino de Valencia, con cuadros de Vergara, de Camerón, de Donoso, de Juan de Juanes, de Ribalta, esculturas de Nicolás Bust y muchos otros cuadros y tallas: un verdadero museo.

Los monjes, amparados por el poder Real y con muchas prerrogativas de señorio, además de dedicarse a la vida contemplativa cultivaban las tierras de sus dominios, produciendo buenos vinos y aceite, fabricando papel en sus molinos. Todo este poder se enfundó con las leyes desamortizadoras del siglo XIX, por las cuales los monjes tuvieron de dispersarse, abandonando el Cenobio y la Iglesia que, con el paso del tiempo, llego a devenir un montón de Ruinas y las obras de arte fueron dispersadas: a Altura, el retablo mayor de la Cartuja, con su imagen gótica de la Madre de Dios de Gracia, a Sergorbe la parte del claustro, que se conserva en la glorieta de la plaza llamada ‘del Agua Viva’ y el resto de otros sitios.

Volviendo al venerable Beferull, tenemos que decir que vivió y murió en aquel Cenobio, sin salir de allí desde los dieciocho, edad en que dejó a sus padres, hasta la edad de 86 años, donde murió. No volvió nunca a Alginet, en todo aquel largo período de 68 años que va vivir como la Cartuja.

Al salir de Alginet, Baltasar Beferull Cardona solo tenia una instrucción rudimentaria, por haberse dedicado desde la infancia a los trabajos de la tierra, y con esta mínima formación cultural, como seguir una predestinación inevitable, ingreso en la Cartuja.

Pero bien pronto descubrieron sus superiores que estaba dotado de una inteligencia nada común, y decidieron que se dedicará a estudiar. Tal fue su aplicación y tan rápida la preparación a la que estaba destinado, que pasados poco más de 3 años pudo vestir los hábitos de monje, en 1631, ordenándose según la regla y celebró la primera misa. Tal fue el fervor puesto en el sacrificio, con muestras de tan grande e intenso amor a Dios, que os asistentes a los sagrados misterios decían que parecía un ángel que los alentaba con su fuego interior.

Los monjes de la Cartuja eran los encargados, además de su dedicación a la caridad y oración, a cultivar las tierras de sus dominios, tenían asignada, cada uno, su parcela. La que estaba al cuidado de nuestro Baltasar más que un jardín era un verdadero paraíso, como entendido que era en agricultura, por sus orígenes, ya comentados. Aunque el decía que no era merito suyo, sino de Dios.

También observaron sus superiores, y así lo constataron, que en ciertos momentos, como llegado de otra vida, llena su alma de paz inefable, parecía mantener diálogos con la divinidad, y su mismo cuerpo tenia un aura espiritual que llamaba la atención a cuantos lo miraban de cerca.

En 1674, enterado el fraile José J. S. Sanchis Espert – nuestro arzobispo Sanchis Espert – entonces obispo de Segorbe, que en el cenobio del Valle de Cristo habitaba un hijo de Alginet, el venerable Beferull, e informando de sus singulares cualidades, fue a visitarlo. Pero cuando llegó a su celda se encontró en uno de sus soliloquios místicos, por la cual cosa, sin reparar en su dignidad episcopal, entró de rodillas a confortarlo.

Después de darse a conocer, se abrazaron los dos por amor de paisanos y la entrevista fue efusiva, de tan alta comunión espiritual, que se prologó en exceso y el prior que la  presenciaba tuvo que hacerles notar el tiempo transcurrido. Al acabarla, el obispo de Segorbe dijo que acababa de conocer un santo.

Otras más veces se repitió la visita. En una de ellas, el obispo le comunico la noticia de la donación de la imagen gótica de San José a la Iglesia de Alginet, al ser erigida en parroquia en 1684, imagen procedente de la suprimida iglesia de Espioca, y le refirió todos los actos piadosos celebrados por aquel motivo, como también el fervor popular sentido por la población. Noticias que el venerable Beferull acogió con tanto gozo que brotaron las lagrimas. En practicas, casi exclusivas, de vida contemplativa y ascética, fue transcurriendo la vida de este monje singular, irradiando paz, dulces claros indicios de ser bendecido por la gracia purificadora. Se dice que los Santos se donan a Dios sin reservas ni restricción, y que su sacrificio es total para su gloria en  la salvación de las almas. Este parecía ser, en la tierra, el destino de nuestro venerable.

Cuando había cumplido los 84 años de edad, aún que robusto, se quedo impedido para actividades físicas, situación que aceptó, resignadamente, como señal de un cielo anticipado rogó sacrificarse por todos.

En la nostalgia de la vejez rememoro y recordó su pueblo de Alginet, que no había vuelto a ver desde el día que se había marchado, a los 18 años.

De otra manera, todos los remedios curativos que le aplicaban, para corregir la parálisis, no producían ningún resultado. Más aún, quienes le atendían veían que, poco a poco, iba consumiéndose con la dulzura, paz interior y modestia, que algún creyente comentó: «Poca vida le queda, pero tiene una cosa en si, que no es ya de este mundo». Entonces le administraron los sacramentos varias veces. En la última, armado con su silicio y el crucifijo de su devoción que nunca abandonó, se quedó un momento contemplativo con la cabeza alzada y con voz clara se le sintió hablar con la Madre de Dios, que lo dirijo al cenobio y ahora iba a llevárselo al cielo. Así despertó de aquella visión y acercándose al crucifijo a los labios, con celestial semblante expiró, librando su placido espíritu en manos de Dios.

Esto ocurría a finales del siglo XVII, en 1699, cuando contaba con 86 años de edad y 68 de religión, vividos en olor de santidad.

Del Artículo «El Venerable Beferull» (1977)

Alberto Lozano Espert

A %d blogueros les gusta esto: